marzo 11, 2013

Simplemente -Capítulo Dos:Ayuda.



Todos tienen sus ideas respecto al correr del tiempo. Lo único cierto, es que es relativo.

Para alguien que está ansioso por que llegue una hora, un momento en concreto, puede parecerle eterno, como si jugara en su contra y solo retrasara ese instante tan esperado para molestar, para herir.  También podía ser que para otro, el tiempo corriera lento por estar esperando a una persona, que fuera una agónica y letárgica espera el tener que estar atado al  tiempo y los deseos de alguien más. Este último era el caso de Damián.

—¡Beatriz! —dijo con un quejido y echando hacía atrás la cabeza.
—No Damián, todavía no —respondió la morena usando ese tono paciente de madre que se le daba tan bien—. Ya falta poquito…
—Ya me quiero largar a mi casa —se sentía frustrado. A la una en punto había terminado de acordar lo de la exposición y ahora, estaba allí sentado, esperando. Hace un rato había sido Dafne y la mayoría de “sus chicas” como diría burlona Beatriz. Ahora, estaba esperando a esas niñas bajo resguardo de su amiga y con amenaza si trataba de irse. Las mujeres en su vida eran su problema.
—Ya falta poco —la muchacha estiro el cuello y miro al techo—. Si ya quedamos en algo, mantenemos nuestra palabra. ¿No siempre dices eso?
—Yo no quede en nada —de manera natural frunció el entrecejo y puso un gesto apático. La muchacha morena no pudo evitar sonreír al verlo hacer eso—. Tú eres la que quedo en algo con esas niñas…
—Y como el buen amigo que eres estas aquí esperando, conmigo —se levanto, con pereza. No es que a ella le agradara esperar, pero, si uno queda en algo, si uno habla y dice que hará algo, procura cumplirlo. Bajo ese estándar se movían. Una de pocas cosas en común—. Ya falta menos, no seas desesperado —se acerco a la barda y miro hacía el suelo. Todo parecía tan lejano e indiferente a ellos. No por la distancia, sino por como la vida, la gente y la naturaleza misma, seguían su curso ininterrumpido, independientemente de que alguien, en este caso ellos dos, se tomaran una pausa. “Vaya pensamientos tan profundos”. No pudo evitar sonreír ante esa idea. No es que no lo fuera, pero no solía meterse en cavilaciones de ese corte tan “metafísico”.
—Además tengo un chingo de hambre… y seguimos aquí, esperando a unas niñas que seguro, no van a venir —Con rápido movimiento irguió la cabeza y se puso de pie. Se sentía irritado. No comer a sus horas le molestaba. Curioso para alguien que realmente no tenia horario alguno para hacer sus comidas—. Aparte ¿Qué chingados vamos a hacer para ayudarlas? ¡Ni siquiera sabemos que quieren y accediste! —se levanto de su asiento para irse a tirar al piso, junto al escritorio.
—Lo sé. No te matara tratar de hacer algo por los demás de vez en cuando.
—Ayudo a la gente, no soy filántropo pero ayudo cuando puedo y…
—Cuando quieres. Ese es el detalle —señalo Beatriz—. Ahora, alguien ha venido a pedir ayuda, algo que tal vez tú podrías hacer. Si eso para ti no es negar la mano a quien te la pide, no sé que lo sería entonces —el chico se quedo callado. Un punto para ella por ser sus palabras tan acertadas. Al no recibir respuesta, continuo—. Yo no hare a un lado a alguien que me pide que le ayude. No puedo simplemente —la chica recargo la espalda contra esa barda de cemento y se deslizo lentamente hasta el suelo. Al tocar tierra, se arreglo la blusa y estiro sus jeans.
—No serías tú si le dieras la espalda a quien requiere ayuda —se puso de pie nuevamente, mostrando una agilidad irreal después de la caída de la mañana. Despacio fue a ponerse a su lado, solo que en vez de recargarse, se sentó frente a ella, para verla a los ojos, a la cara—. No puedo imaginarme a una Beatriz diferente a la que eres —dijo con esa extraña sonrisa en su rostro. No era ni media sonrisa, ni un esbozo siquiera, pero se podía percibir que era, sin duda, la más honesta de todas.
—Yo soy quien soy —dijo la chica, para su sorpresa, con torpeza y sintiéndose inhibida. A su modo, a la manera en que él hablaba, se expresaba y actuaba, esas palabras eran el más grande cumplido.
—Y espero que así sea siempre —confirmo. Incluso asintió con la cabeza, de una manera aprobatoria—. No me imagino la vida sin la persona que tú eres, a mi lado.

Se quedaron en silencio. No de manera incomoda, o por falta de palabras. No. Simplemente, se quedaron callados porque, ella no quiso romper la magia y lo “perfectas” que eran esas palabras. Él no prosiguió pues ya no había más que decir, absolutamente nada más que agregar que no  fuera redundante. “Quiero que mi vida siga siendo así”. Fue lo que pensó, y sólo concebía una vida así, con ella a su lado.

—Se nos va la juventud —dijo la líder mirando a donde estaba ella.
—Guardo mis cosas lo más rápido que puedo —la niña rubia de verdad se apresuraba. Eso, por otro lado, no significaba que no le dieran ganas de darle una patada a la cara a quien la presionaba. “Por algo me gusta hacer las cosas a solas y a mi ritmo”. Pensó. Salida de la nada, Mariana le ayudo sin decir una palabra. Solamente se puso a su lado y empezó a tomar cosas para pasárselas y que ella las guardara—. Muchas gracias —fue lo único que se le ocurrió decir ante ese gesto tan sencillo, pero tan importante.
—No tienes nada que agradecer Ivette —le respondió con una sonrisa. De esas radiantes, de esas increíbles, de esas que sólo Mariana sabía hacer. De esas que ella, Ivette, a veces hacía y por error— ¿Ya estas lista? —le cuestionó su amiga.
—No te entiendo —claro que entendía, lo que sucedía es que la pregunta la atrapo desprevenida y respondió con una evasiva. Un clásico de la gente, y ella no era la excepción.
—Para ir a pedir ayuda al chico de rastas —Contesto su amiga. Igual que siempre, omitiendo esas respuestas esquivas, incluso quizá callando el comentario sarcástico o la pregunta evidente. “Debería portarme mejor… por lo menos con ella” —. Pensé que te sentirías nerviosa o que tal vez no te agradaría la idea, tomando en cuenta que es el mismo que te metió en esto… al menos de manera indirecta.

Eso la agarro nuevamente con la guardia baja. Cuando llego a su salón tarde, después de casi implorar por ser tomada en cuenta y llorar de nuevo, pero esta vez en silencio y por furia, se sentó junto a su grupo de amigas y conto entre sollozos y gruñidos ahogados lo que sucedió en la mañana. En ese momento, aunque todas le oían, sintió que ninguna la escuchaba, que ninguna prestaba atención. Que sus problemas no le importaban a ninguna de ellas y quiso tirarlas en lodo, que en ese momento fue lo más malo que se le ocurrió a su aun infantil mente. Y ahora, Mariana como siempre, como si nada, hablaba de eso, de algo importante. El detalle no era que lo tratara como un tema mundano, sino que si le había hecho caso. Que si le hacía la pregunta, por más casual que pareciera, era porque realmente se preocupaba por ella. Se sintió mal de repente.

—Soy una tonta —dijo sin remedio. No pudo callar las palabras que salieron de sus labios. Le dolía ser así.
—No digas eso —Mariana le puso una mano en el hombro, y aunque no la vio al rostro, sabía que sin duda estaba sonriendo. Lo sabía por ese tono de voz dulce y consolador que usaba y porque su mano le trasmitía una calidez que iba más allá de un orden energético.
—Bueno —alzo el rostro nuevamente. En efecto, Mariana sonreía. Camila estaba quieta a un costado, mirándolas, con la incertidumbre de si debía intervenir o no. Pobre, tan tímida. Melissa, la líder, estaba en el marco de la puerta, su expresión se suavizo. Aparentemente las tres la escucharon y se preocuparon por ella. Eso, eso la hizo sentir peor—. Estoy lista —dijo. Realmente no estaba convencida y se sentía como alma que lleva el diablo, pero ahora, tenía esa rara idea de que no podía echar la moral del grupo al suelo. No después de todo lo que por ella hacían—. Vamos ya.

Al decirlo, se echo su mochila al hombro y atravesó la puerta primero. Detrás de ella fueron sus amigas, incluso la líder dejo que pasara primero. Ahora, ella encabezaba esta misión.

—Ya regrese —dijo a la chica morena—. Toma —pese a todo, con delicadeza le acerco una lata de refresco con una gran manzana de logo.
—¿Qué compraste para ti?
—Una de estas —le enseño la lata de refresco vacía.
—Vaya, así que tu eres de los que, obedecen a su sed ¿eh?
—Búrlate Beatriz, búrlate. Pero me gusta como sabe. Eso es lo que importa —con moderada fuerza lanzo la lata al bote de basura dentro de su salón. Fallando por un espacio significativo.
—Te pasaste por mucho —señalo la chica morena con una sonrisa en su rostro—. Por eso los blancos no juegan en la NBA.
—No digas más, no es como si tú fueras a hacerlo mejor…
—¿Apuestas? —dijo desafiante.
—Por favor, está bien que eres más ágil, que tienes mejor condición y que haces más deporte, pero vamos. La visoespacialidad no es cosa de mujeres, al menos no de las que no tienen un entrenamiento…
—Me subestimas a mí y a mi genero ¿Es eso?
—Solo digo las cosas, como son —el sonreía también. Contrario a lo que podía pensarse a primera vista, ambos disfrutaban ese “jugueteo”, que más que inusual, era extrañamente común, no en ellos nada más, sino en todas las relaciones, del tipo que fueran, entre un hombre y una mujer.
—Me va a dar mucho gusto cuando te haga comerte tus palabras y me pidas disculpas —la chica dio grandes tragos a su bebida, hasta terminarla—. ¡Ah!
—Ja, y yo soy el que obedece a su sed —dijo el arqueando las cejas y mirándola.
—¡Calla! Es una reacción natural del cuerpo —se defendió ella. Con un movimiento suave, se puso de pie. Se puso a su lado. Él debería medir más de 1.80m pues, realmente se veía alto junto a ella, que apenas le llegaba al hombro—. ¿Listo para darme la razón?
—Nunca he estado más listo para tener la razón.
—Ya lo veras…

Beatriz flexiono su brazo hacía atrás. Lo dejo allí, “colgado”. Con calma calculo la distancia y que tanta fuerza debería darle a ese lanzamiento. No hizo ningún cálculo complicado, simplemente, sopeso el peso de la lata vacía y que tanta fuerza necesitaba para asestar en el bote. Nada del otro mundo. De ese modo aventó la lata al bote, haciendo un “enceste” limpio en el centro  del contenedor de basura y claro, dejando boquiabierto a su amigo.

—¿A qué te sabe la derrota y que estuvieras equivocado?
—Fue suerte…
—¡Que mal perdedor eres! —exclamo ella con una sonrisa y dándole un empujón—. Será lo que quieras, pero apostaste a un solo intento y perdiste.
—¡Bah! La suerte no cuenta como victoria —dijo él para desechar el triunfo de su amiga.
—Palabras de los vencidos —respondió diciéndolo en voz muy alta, como si no se dirigiera a su amigo en concreto—. Te gane y te calle la bocota —esta vez al decirlo si lo miraba—. ¡Dos pájaros de un tiro!
—Fue mera suerte, y nada más —repitió. Tal vez, más para convencerse y reconfortarse que para que ella lo aceptara.

Subían las escaleras a paso tranquilo. La líder desde el primer piso ya se había cansado de subir a paso veloz, y sin preguntar, empezó a andar despacio. Las otras tres, como buenas amigas, aminoraron la marcha para ir todas juntas. Un acto de cordialidad que sin duda, se interpretaría como uno de sumisión.

—Por eso tienen esas piernotas estas tipas —dijo la líder, tratando de mantener el ritmo y el aliento—. Si yo subiera a diario tantos pisos tendría esas piernas…
—No es tanto —se aventuro a decir Camila.
—No llevamos tanto, mejor dicho —corrigió Ivette. No estaba irritada ni cansada, curiosamente, estaba nerviosa. Ahora si lo estaba.
—Vamos, es el segundo piso apenas, faltan dos más —dijo Mariana, con esa voz alegre que le caracterizaba. Realmente no era la gran cosa, pero, siempre usaba ese tono ante un contratiempo. Ya fuera una bobería o incluso un problema de gran envergadura. Siempre positiva—. ¡Ánimo!
—No sé de donde sacas las energías —dijo la líder mirando a Mariana. Incluso se detuvo para tomar aire y jadear a gusto—. ¡Esto es demasiado! —exclamo de manera teatral, casi como si fuera una tragedia.
—Ya, relájate —dijo hastiada Ivette. Realmente, a veces se preguntaba cómo es que ese grupo tan distinto de personas, lograba no sólo estar juntas, sino además, realmente llevarse bien.
—Vamos, ya falta poco —dijo conciliadora Mariana.

Siguieron subiendo las escaleras. Los siguientes pisos se subieron sin uso de palabras. Se podría decir que el silencio era cortado solo por algún esporádico quejido de la líder, de esos lastimeros como de alma en pena, y una que otra ocasión por el eco de sus pisadas. De repente, gracias a esa falta de palabras, fue que se dieron cuenta de lo solas que estaban realmente en ese lugar, de cómo la vida a ese edificio se le iba cuando la gente que tomaba clase en ellos, se retiraba.

Al final llegaron a la cuarta planta. Vieron a los dos estudiantes allí sentados “en la lejanía”, al otro extremo del pasillo. Como si nada, recargados contra la barda, ella al lado de él, aparentemente felices aunque solo ella riera y el siguiera hablando.

—Vaya pareja rara —dijo la líder, recuperando sus bríos perdidos por el ejercicio.
—No sabemos si son pareja —no supo porque, pero lo dijo. Le broto natural de la boca, pero, en el fondo, lo dijo más que con determinación, con esperanza de que sus palabras fuesen realidad. “¿Por qué Ivette?” se cuestiono a sí misma.
—Tú no sabes —respondió la líder.
—Podemos preguntarles si quieren —dijo Mariana como si nada. Con equiparando esa acción a preguntar la hora o por una dirección. Cosa Fácil.
—¡No! Eso sería muy descortés —esta vez, fue Camila quien alzo su voz, para sorpresa de Ivette.
—Ella tiene razón.
—Bueno, ya ¡Shhh! Nos van a oír y eso sería peor sin duda —dijo Mariana, con todo y el gesto de llevarse el índice a sus labios. “Vaya, eso no fue nada sutil Mari…” Y aun así, Ivette no pudo evitar sonreír por el gesto tan “bobo”.

Cuando llegaron a un lado de ellos se hizo entonces el verdadero silencio. Fue como si de repente, por un instante, el sonido se hubiese apagado en ese lugar. La líder se quedo atrás, a su lado Camila, al frente de todas Ivette y a un lado y ligeramente más atrás, Mariana.
Damián miro a las niñas y aunque se sintió aliviado de que pronto acabaría este asunto, no pudo evitar preguntarse “¿Qué carajos sigue ahora?”.

—Bueno, son muy puntuales —dijo Beatriz rompiendo ese encantamiento de silencio. Lentamente se puso de pie, le dio un pequeño golpe a Damián para indicarle que hiciera lo mismo.
—Ya voy —dijo molesto y se paro, de manera perezosa y con clara antipatía.
—¿Para qué somos buenos? —pregunto la chica morena, con una curiosidad palpable en sus palabras y su mirada.
—Ivette necesita ayuda —dijo Mariana sin más. Con una palma la empujo hacía delante. Fue algo muy sutil, más que para hacerla avanzar, fue una indicación de que ahora era su turno de tomar la palabra.
—Eh… este… —se puso nerviosa de repente, aun más de lo que ya estaba. Él no dejaba de mirarla, como si por verla a los ojos pudiera sacar algún dato extra, además le miraba con una cara amarga, como si le molestara estar ahí. Ella la miraba curiosa, como esos animalitos que ven por primera vez a un ser humano—. Necesito su ayuda…
—Eso ya lo dijo ella.
—Damián —dijo Beatriz, con ese tonó peculiar de las mujeres. Señal de perder la paciencia—. Discúlpalo, sigue por favor.
—Es sobre estadística.
—Números —dijo Beatriz, esta vez con un dejó de molestia en su voz.
—Tus viejos enemigos —dijo él sonriendo.
—¿No se les da la materia? —cuestiono Mariana.
—A mi no mucho —dijo Beatriz sonriendo. Como siempre, todo lo malo y los problemas se le resbalaban. “Clásico de Beatriz” pensó Damián al verla tan tranquila confesando.
—Oh no —articulo Ivette las palabras. Y eso fue en verdad lo que hizo, no emitió sonido alguno. Solo movió sus labios y la expresión de su rostro cambio.
—Damián es el que me ayuda en eso. A él se le da bastante bien, la estadística. No los números, sino la estadística y la práctica.
—Son solo formulas y búsquedas de datos para sustituir, nada más —dijo él en lo que Ivette pensó era un intento de ser modesto o de restarle importancia a su merito.
—Si requieres ayuda con eso, él es el indicado —esta vez, al escuchar a Beatriz, Damián fue el que hizo un gesto—. El es el que sabe —dijo con una sonrisa, orgullosa del muchacho—. Lo que requieras, él es quien podrá ayudarte, porque la verdad yo soy muy mala para eso, aparte de que odio los números desde hace mucho.

Los dos, Ivette y Damián, se quedaron pasmados. A ninguno de los dos le agradaba a donde iba a desembocar eso.

—Puedes ayudarla Damián. ¿Qué tan difícil o exigente puede ser lo que le pidan a una niña de secundaria? —dijo Beatriz, notando astutamente que su amigo no quería ser partícipe de esta petición.
—No sé si tenga tiempo…
—Tendrás algo que contarme al fin, y dudo que tú ajetreada vida te impida regalarle una hora de tus días a esta niña —aunque no había un solo fragmento de amenaza en su voz, Damián sabía que cada palabra que ella decía, solo era un intento más para forzarlo a aceptar. Incluso evidenciando que tenía el tiempo y los conocimientos. Todo, menos las ganas de ayudar a alguien más.
—No es tan fácil —su voz estaba cargada de dudas, incluso le sorprendió no tartamudear al decirlo.
—No es algo tan difícil, ni que te quite mucho tiempo —intervino Mariana, desconociendo todo el drama que se estaba forjando en la mente del muchacho—. Deja que Ivette te explique un poco de que trata, y creo que podrías acceder.
—Si Damián, después de todo: “¿Se necesita una razón para ayudar a alguien?” —cito la chica morena. “Bien jugado” pensó Damián. No le dio gusto, pero reconoció que estaba jugando astutamente sus cartas.
—Eso fue hace años, además es una cita de un videojuego...
—Que te impacto mucho y consideras una máxima —“justicia poética”, pensó Damián.
—Bueno está bien, supongo que no pierdo nada por escuchar y ver si en verdad, está en mis manos el poder ayudarte —más que vencido, lo dijo de manera honesta.

Beatriz sonreía mientras escuchaba hablar a Damián. No era mala persona, sólo un tipo huraño y que sobrevaloraba el tiempo, su tiempo y como lo empleaba. Ivette se sintió perdida en ese momento, su asombro aumentaba más y más. “De manera que si va suceder” atinó a pensar, mientras, de manera mecánica, le explicaba a Damián lo que tenía que hacer y como él podía ayudarla…

La suerte estaba echada, ahora, solo quedaba recibir su respuesta.

2 comentarios:

  1. La descripción de Alex fue acertada, también noté que a mitad de la lectura estaba sonriendo.

    Me encantan los personajes de Beatriz y de Damián, su relación es tan relajada y agradable. La tranquilidad de esta historia trasciende a quien la lee y la capacidad de transmitir sentimientos a través de lo que escribe no es algo que tengan muchos.

    Definitivamente le respeto cada vez más, Kaifan.

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  2. Muchas gracias por tus halagadoras palabras Feel.

    Nunca me imagine que tendría tan buena recepción esta historia la verdad, pero, al leer eso de sonreír, bueno, es una gran satisfacción.

    No sé que más decir, que gracias de nuevo, y haré lo posible por mantener eh... la calidad que tiene la historia, o la magia, no tengo idea de como llamarle.

    Una vez más gracias, no sólo por leer o comentar, sino por tus palabras. =)

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